Siempre que llegaba a Madrid, al último gran revolucionario del fútbol, Johan Cruyff, le temblaban las piernas. Uno de sus jugadores más jóvenes no lo entendía. La máquina perfecta que había construido Cruyff inspirada en la naranja mecánica de los 70 era desvirtuada por su creador en el mayor escaparate mundial, el Santiago Bernabéu. “¿Por qué aquí tenemos que cambiar?”, le preguntó una vez el chico. “Porque si no lo hacemos nos meten cinco”, respondió Cruyff. La conversación llevó a las “esencias”, la naturalidad con la que jugaba siempre el Barça en todos los lugares menos en Madrid. Las esencias son mías, vino a decir Cruyff, traicionarlas es cosa mía y si perdemos el único responsable soy yo, así que vosotros jugad tranquilos.
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De: Portada de Deportes | EL PAÍS
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Autor/Editor: Manuel Jabois
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Fecha: December 17, 2017 at 12:50PM
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